Barcelona, fragmentos de otoño (9)

Rugby Street.

Volvía a casa al anochecer
arrastrando mis zapatos de traje por el pavimento húmedo
de Rugby Street.

No recuerdo en qué podía pensar
en qué trincheras futuras o arañazos.

Los humanos somos muy hábiles haciendo esto:
tomándonos las cosas a la tremenda.

Pero también tenemos capacidades mágicas:
la de ver las nubes rosas y malvas
la de quedarnos parados bajo un foco de luz pálida en la esquina
la de beber la ráfaga de calor
que sale disparada de la puerta del pub.

Se llamaba, apropiadamente, The Rugby
y lo blasonaba el dibujo de un tipo de manos gigantescas
los dos palos altos al fondo
perdiéndose en el cielo.

Yo era de eso.

De noches pausadas, de pasos húmedos en la oscuridad,
de miradas de colores,
de explorar refugios y oraciones y quedarse y amarlas.

Hoy las cosas no son así
y ni recuerdo en qué podía pensar.

Solo me queda declarar el sentimiento
y recurrir a Valéry cuando dijo
que el recuerdo de un refugio es un refugio.

Barcelona, fragmentos de otoño 2017 (4)

1 de octubre.

No sé por qué me desperté esa mañana con versos de Machado en la cabeza.

Y me sentí extraño. Desde el primer momento. Extraño y extrañado – extranjero en mi propia patria, la de los mundos sutiles.

Valía la pena, vivir las calles. Sentir su gris corriendo detrás, aprender que el estómago es el órgano del recuerdo. Llorarlas. Valió la pena.

Y después, tras el vómito, no sé por qué me fui a dormir con unos endecasílabos torpes, que me recordaron a Machado.

Las pompas de jabón palidecieron.
Las pompas de jabón, las reventaron.

Ciclo vital

Buscar un terreno
poco hollado
de apariencia fresca y entera
ejemplo:
rincón de bosque apenas transitado.

Después llegarán
será utilizado
abrirán senderos
construirán autopistas
en los márgenes desperdicios.

Entonces, con el corazón persistente
buscar melancólico otro terreno
ejemplo:
rincón de bosque apenas transitado.

Norteamérica

Siempre recuerdo Norteamérica de la misma manera:
caminando por calles anchas
solitarias
de suburbio residencial
bajo el crepúsculo que se alarga
los ojos grandes brillantes
de una muchacha joven
boca entreabierta
el silbido de un tren que pasa lejos
hacia del territorio la grandeza
por conquistar.

Cuando sufro

Cuando sufro todo sufre

los cristales en el suelo
las hormigas laboriosas

sufre el pan
las estrellas sufren

sufre un niño oculto que acaricia las arterias
llorando dentro del cuerpo
lágrimas mudas

cuando sufro el silencio sufre
y las letras de papel

las huellas sobre la tierra
de mis pasos y de todos los pasos
sufren también.

Tren al anochecer en Flandes

Había salido a pasear con mis huéspedes por los bosques que rodeaban el suburbio de Malinas en el que vivían.

La tarde era calmada, el paraje solitario.

Caminando llegamos a un lago artificial que, me dijeron, era utilizado como playa por inmigrantes magrebíes.

Les pregunté por el significado de unas ostentosas pintadas sobre un muro.

Entre carcajadas embarazosas no supieron traducirme los insultos racistas escritos en la lengua local.

Seguí a mis dos amigos campo a través, mientras se hacía cada vez más oscuro.

Sin darme cuenta nos hallamos a los pies de un talud. Como aparecido de la nada, un tren de mercancías rompió sobre nuestras cabezas el telón del crepúsculo.

Avanzaba con ritmo pesado hacia el centro de la noche, sus luces ténues fundiéndose en el último fulgor del horizonte.

Decenas de vagones parecieron prolongarse durante una eternidad.

Finalmente pasó, dejando tras de sí el eco de su rumor monótono.

Los tres caminábamos en fila, en silencio.

Caía la noche sobre Europa.